El caos por las reparaciones en avenida Morelos cumple una semana más. A mi regreso de la única tienda accesible a través de las banquetas destrozadas, encuentro el tránsito detenido y una bola de curiosos haciendo rueda. En el centro, uno de los trabajadores de la construcción esquiva los torpes golpes de un borrachín conocido de la ciudad. Es un indigente que suele encontrarse tirado por alguna calle, descalzo, sin camisa y con una botella de mezcalito tirada a un lado, siempre dormido. Alguien debe haberle interrumpido el sueño para verlo defenderse de aquella manera. Se mueve de un lado a otro –tambaleante- mientras con una técnica poco digna lanza jabs tratando de golpear a su oponente. El albañil recula y se aleja de los puños del ebrio entre las risas de los espectadores: automovilistas, trabajadores, peatones, un policía de tránsito y burócratas despistados que mantienen la forma perfecta de aquel coliseo romano de carne y hueso.
En una banca sobre los escombros imagino al Dr. Morales gritando: ¡no pierda de vista la mano izquierda del teporocho! Con el calor infame de las dos de la tarde se escuchan los gritos de quienes dicen que “ya estuvo”, “ya déjalo” y un ensordecedor coro de cláxones que urgen a los artistas terminar el pleito. El “maistro” decide dejar en paz al King Mezcal y de un empujón casi lo tira al suelo, humillación que arde en el orgullo del vagabundo que con energía renovada y una habilidad bien oculta tras la mugre, propina un gancho de izquierda a la zona hepática del infortunado alarife quien cae al asfalto haciendo un gesto de dolor, y entre la risa de los testigos se escucha a un cábula que inicia la cuenta de rigor: uno… dos… tres… cuatro…