Eso de que todo se ha ido al carajo,
que hemos perdido el milenario control sobre las banquetas,
la música húmeda del bosque,
el arrullo de la tempestad,
la intensidad de los piquetes de moscos suicidas que nada les importa,
la continuidad de las olas del mar Caribe.
Todo es cierto.
Todo se ha vuelto a marchitar. ¿Sabes?
La luna con su conejo clonado,
los espejos con imágenes dispersas, falsas,
los tonos azules de los libros que se mueren en las esquinas,
letras prostituidas al mejor postor,
es que se mueren, ¿lo ves?
Las parcelas de jazz en el limbo,
el rock & roll en el ápice de un acantilado voraz,
el blues en tus ojos de lluvia,
las esferas con ciudades dormidas gritando revolución,
la estampida de versos por la tenue curva de tu espalda prohibida y aquellos gritos unánimes de pueblos con hambre de libertad.
Un dios sentado al piano tocando melodías tristes,
canciones para escapar y nunca volver.
Todo se marchita,
tan lento como la espera de los ángeles que se brincan la barda para irse a bailar,
como los panteones que se llenan de vivos,
ofrendas y canciones;
tan despacio,
casi tan suave como el grito de los nuevos fantasmas del pueblo,
como nuestros viejos que se evaporan de melancolía y velan,
duermen, lloran por la leva que se llevó a los hijos,
cansados de siluetas dibujadas con gis en las calles de la ciudad.
Todo se ha jodido,
las miradas se pierden en los falsos diamantes del mercado,
la muerte florece de noche y alardea de su nueva sensualidad,
y todas las estatuas de sal se marchitan mirando al pasado.
Caemos por las serpientes y no hay escaleras que nos quieran salvar.
Ha de ser esa época: tomar un bando o saltar: ¿diablos o querubines?
Soñar retazos de poesía o morir. Levántate y anda, Lazarito.
Y es que todo se ha vuelto a marchitar,
pero llueven sinfonías y crecen luces en el cerro.
Dime…
¿Acaso sueñas?
¿Acaso bajarías el puño cuando llegue la hora de pelear?
¿Acaso tienes miedo de despertar?
Si estás conmigo, yo no.