sábado, diciembre 25

Otro día de navidad

El día de navidad ya no era tan especial en la vida de don Nicolás. Ahogado en alcohol, alrededor de las ocho de la noche yacía sentado en el porche, mirando a lontananza con la mente perdida en un juguete que nunca podía entregar. Como cada año, los problemas de ciática le habían acarreado no poderse lanzar al vacío por aquella chimenea en la calle 33. Fiel a su costumbre, intentó con los métodos ensayados durante un año entero pero, ni la cuerda mágica, ni los alambres chinos ni el maravilloso láser colocador le habían ayudado en su tarea. Le molestaba haber entregado autopistas, bicicletas, nintendos y demás porquerías estorbosas a través de ventanas, hoyos, letrinas y hasta rejas de condominios del Infonavit, todo sin los mayores problemas salvo aquel singular regalo, empolvado y un poco pasado de moda que cargaba en un costal especial. Así que bebía hasta caer rendido, con el gorro rojo tirado a un lado, y despertaba con los ojos rojos de tristeza y lloraba otra vez, vomitaba los restos de leche y galletas para luego irse a dormir, soñando con una oportunidad más.
Igual que siempre en este día, un pequeño lloraba mirando su árbol lleno de juguetes de lujo. Lo más nuevo del mercado y todo lo que Chabelo le había presumido en la catafixia. Pero lloraba. Y se iba con las manos llenas de obsequios a jugar solo a su cuarto. Como cada año, soñaba con otro día de navidad para que un viejo Santa vestido de rojo lograra llegar hasta la base de la chimenea en aquella casa de la calle 33 y pudiera darle al fin aquel prometido regalo. Una vez más, escribía una carta donde vertía todos sus sueños e ilusiones pidiendo la única cosa que no podía tener.
También el señor Claus lloraba con amargura siempre que releía la carta que al calce decía: Querido Santa, este año quiero...