El barco que zarpa todos los días de la esquina de esta calle, ha sido rebautizado con el nombre de idealismo. Le han roto un libro en la proa, machacado las ubres con tinta roja y encima le han echado un enorme cordón umbilical (sugerencia de los niños del pueblo).
Toda nuestra suerte depende ahora del día en que se decida en cuál de los trece mares lo hundirán. Si viajaremos en parejas en el arca, si tomará un nuevo horario nocturno, si acaso se llevará los ojos de nuestros viejos para venderlos a los gigantes que habitan las bibliotecas.
Yo tengo cierta fe en la costumbre de arrojar políticos a la hoguera. ¿Qué más da si nos tachan de intransigentes, de reincidentes, de rebeldes sin causa, de locos abordando un barco que los lleve lejos de la razón?