viernes, abril 30

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Ella regresó a mi vida una noche lluviosa de jueves, tan cansada como un peregrino en el camino de Santiago. Sus ojos seguían siendo tan verdes como el césped del jardín de mis sueños, pero la tenue sonrisa dibujada en su rostro había perdido la llama que vestía a sus labios como antesala de los más dulces infiernos para calmar mi sed.
Había en su rostro algo frío, una especie de cierzo silente, un velo adormecido como estatua dormida en el templo de Afrodita. Sin saberlo, su regreso era para mí como un boleto dorado para la salida del purgatorio, único e intransferible, y el mismo instante en que la observé caminar por las calles empedradas de nuevo, noté a su paso renacer los bosques tan altos como un Kraken recorriendo la ciudad.
Ella fue fugaz como la tormenta, luego guardó silencio como en el principio de los tiempos, marchándose, y con palabras heladas como su añorado mar, suspiró el adiós definitivo a mis oídos, caminando delante de mis ojos congelados, mirándola mudos, como dos viejas y olvidadas estatuas de sal.